miércoles, 24 de junio de 2026

Los equilibristas

“Pues paso la vida soñando,

sabiendo que todo se puede…”

Los Astlántidos


Hoy, al terminar la tarde, me he quedado un rato observando a un niño que salía de su colegio. Intentaba caminar haciendo equilibrio sobre el estrecho bordillo de la acera, con la mochila tambaleándose a su espalda y ese boletín de notas arrugado en la mano... Me dolió el alma al verle la carita de cansancio, esa mirada desinflada que busca una aprobación que hoy el papel le niega.

Y, de repente, me ha venido a la mente la letra de Los Aslándticos que tantas veces canto cuando yo mismo me siento desbordado: «soy como un equilibrista haciendo lo imposible para no caer... andando por la cuerda floja sin mirar atrás».

¿Y entonces qué hacemos?

A veces siento que nuestra escuela se ha convertido en un circo de exigencias donde pedimos saltos mortales sin poner una red debajo. Hablo como un maestro que todavía está en camino, alguien que se equivoca a diario y que no tiene todas las respuestas. No sé si me explico... pero me duele profundamente ver cómo medimos las capacidades de nuestros niños con una regla que solo sirve para uniformar, nunca para amar.

Y es que cercenamos la autoestima de nuestros niños cuando pretendemos que todos caminen por la misma cuerda a la misma velocidad.

Nos empeñamos en clasificar, en etiquetar, en nivelar... como si el alma de una persona pudiera encajonarse en un estándar frío. Decimos que un chaval «no da el nivel», con una naturalidad que a mí, de verdad, me asusta. Pero, ¿quién decide dónde está el nivel del corazón? ¿Y las pequeñas batallas invisibles de cada día?

Ese pequeño logro de Hugo, que hoy por fin ha conseguido mantener la calma durante una clase entera, o que ayer ayudó a su compañero a recoger los lápices... ¿eso no puntúa? ¿Eso no sirve para pasar de curso?

Ningún progreso es insignificante cuando lo que está en juego es el valor que un niño se da a sí mismo.

Para mí, cada uno de ellos es un trozo de barro precioso, modelado con mimo pero lleno de grietas por donde precisamente entra la luz. Es ahí donde ocurre el verdadero encuentro, en la fragilidad compartida, lejos de los tecnicismos y las rúbricas perfectas. No somos expertos infalibles; somos, sencillamente, artesanos de la ternura y la vocación. Si queremos.

Porque estoy convencido de que las personas no se pueden nivelar, porque la vida no es un examen que se aprueba, sino un camino donde aprender a hacerse persona.

Aquí es donde siento el susurro del Dios de la Vida, de ese Papá Dios que nos mira con una inmensa compasión. Él no nos pide cuentas de resultados académicos, sino de amor, de esfuerzo y de entrega. Nos quiere con nuestras torpezas, con nuestros suspensos cotidianos. Él no nivela desde arriba; Él se abaja, abraza nuestro barro y lo llena de esperanza. Para Él el tiempo es infinito y es ahora, a la vez.

Ojalá aprendamos a mirar más allá de la tinta roja de una calificación. Ojalá entendamos de una vez que detrás de cada suspenso no hay un número frío, hay una historia sagrada que grita por ser escuchada con ternura. Y que el suspenso me delata a mí, que no conseguí mostrale el camino, engancharlo, darle la confianza para avanzar… o, en algunos casos, valorar lo que sí había logrado porque me pudo la evidencia del error en lugar de la certeza de que algo aprendió tras el fallo.

Gracias a los profes y las profes, a las seños y los seños, a las maestras y maestros que no se dejan engañar por la “¿evidencia?” y transforman el error en aprendizaje, el aprendizaje en motor de transformación, porque son equilibristas que llevan a cuestas a sus alumnos para llegar al otro lado sin dejarlos caer. 

¡Un abrazo fuerte y que la paz os acompañe siempre!


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