“¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón...”
Mercedes Sosa
Anoche, justo antes de cenar, se montó en el salón de casa un pequeño escenario improvisado con una caja de cartón vieja y dos calcetines desparejados. Mi niño pequeño, ese regalo bendito que nos cayó del cielo para revolucionarnos la vida con su cromosoma de más, se empeñó en que teníamos que hacer una obra de teatro. Pero las manos, a veces, no responden al ritmo de la ilusión, y el muñeco de trapo se le caía una y otra vez de los dedos antes de poder empezar a hablar...
Y ahí estaba yo, con el cansancio acumulado de toda la semana pesándome en los hombros, sintiendo la tentación impaciente de meter mi mano, colocar el calcetín y resolver el problema en un segundo para poder irnos a la mesa.
Pero me detuve.
Le miré los ojos, concentrados, serios, llenos de una verdad que a los adultos se nos escapa entre las prisas del reloj. Y me senté a su lado, en el suelo, simplemente a estar. A sostener la caja cuando se tambaleaba. A esperar.
¿Y entonces qué?
Pues resulta que el milagro no estaba en que el muñeco hablara bien o se mantuviera en pie a la primera. El milagro era el silencio compartido, el andamio invisible de mi mano rozando la suya, el hilo de confianza que se tejía mientras él lo intentaba de nuevo.
Acompañar no es hacer por ellos, es tener la santa paciencia de sentarse con él a esperar a que su tiempo coincida con el nuestro.
A veces, como maestros de educación especial y como padres, nos empeñamos en buscar el estreno brillante, la función perfecta con aplausos y luces de colores. Queremos ver resultados ya, programaciones cumplidas, objetivos alcanzados en un papel. Pero la realidad de nuestros niños con dis-tinta-capacidad está hecha de otra materia. Está hecha de barro, de procesos lentos, de una fragilidad que no entiende de plazos de entrega ni de evaluaciones estandarizadas.
Y es que es ahí, en medio de esa fragilidad, donde el Dios de la Promesa, se hace presente. Él no nos pide un currículum perfecto ni una representación sin fallos. Nos mira con una ternura infinita, sabedora de lo que podemos llegar a ser, mientras moldeamos nuestro propio barro, sosteniéndonos con delicadeza cuando nos caemos del escenario.
Cada niño con necesidades especiales es un espejo que nos devuelve la imagen de un Dios que no tiene prisa, que ama a la persona y su proceso por encima del resultado.
Por eso, la verdadera tarea de educar y de amar se juega en los camerinos de la vida cotidiana. En las bambalinas donde nadie nos mira, donde no hay público que aplauda el esfuerzo de aprender a abrocharse un botón, de pronunciar una palabra nueva o de aguantar la mirada un segundo más.
Este es el teatro que el ojo no ve y en el que estamos empeñados, aunque todavía no salga... porque la función, sin duda, es de sesión continua.
No nos cansemos de estar ahí, al lado de su andamiaje, celebrando la belleza de lo pequeño, el valor infinito de cada persona por el simple hecho de ser y de estar.
Gracias, de corazón, a todos los que habéis bajado a la tierra para sentarse junto a mi hijo y habéis sido testigos de su obra, sosteniendo el escenario y aplaudiendo a rabiar cada ocurrencia para que el espectáculo pudiera continuar… le habéis dado alas para ser el director, guionista y protagonista de su propia historia. Gracias por compartir la vida de mi artista. Ojalá poder compartiendo juntos nuevas funciones con él y con todos los artistas que nos regala la vida.
Un abrazo fuerte, en camino, cámara y acción.


