sábado, 27 de junio de 2026

El equipaje ligero

"...y que el tiempo se detenga, 

que hoy no hay prisa por llegar, 

solo ganas de caminar..."

Alejandro Ramírez



Esta mañana, al despertar, busqué por pura inercia en la mesilla de noche el gran manojo de llaves del colegio... ese que pesa tanto en el bolsillo, que abre tantas aulas y que a veces parece que también te cierra un poco el alma. Pero ya no estaba allí. En su lugar, solo encontré un dibujo de un sol a medio colorear por Jesús y mis gafas de lectura.

Ya hace un año, pero este es mi primer verano sin ser jefe de estudios. Ya he terminado. Oficialmente, no tengo "nada que hacer"...

Y, os lo confieso con toda la honestidad del mundo, me ha entrado una especie de vértigo extraño en el estómago. Llevaba tantos años corriendo de un pasillo a otro, apagando fuegos invisibles, cuadrando horarios imposibles y respondiendo a esas frías "necesidades del centro", que ahora este silencio repentino me pesa un poco en los hombros... 

¿Y entonces qué? ¿Qué hace un maestro cuando le quitan las prisas y le devuelven su propio tiempo?

Supongo que toca desaprender el ruido.

El verdadero regalo no es tener el control de las cosas, sino la libertad de dejarse sostener por la vida.


Durante mucho tiempo, quizás sin darme cuenta, me creí que ser útil consistía en estar en medio de la tormenta, gestionando papeles, firmando partes, resolviendo conflictos. Pero hoy, mirando este café que se enfría despacio sin que nadie me reclame, descubro que el verdadero tesoro se esconde en lo pequeño. En esa hermosa fragilidad del que ya no tiene un cargo que sostener en su tarjeta de visita, sino solo su propio ser que ofrecer al mundo.

Y es que a veces nos olvidamos de lo esencial...

Nos creemos que la educación se gestiona desde los despachos, con planes de centro impecables y reuniones eternas. Pero la realidad es mucho más sencilla y, a la vez, mucho más sagrada. Al final del camino, estoy seguro de que no nos van a pedir cuentas del número de actas que redactamos o de las circulares que enviamos a las familias.

Él, que nos conoce desde antes de nacer y nos sostiene en sus manos amorosas, nos preguntará otra cosa. Nos preguntará cuánto amor pusimos en cada encuentro, cuánta ternura derramamos sobre esos niños que a veces solo necesitaban que alguien los mirara de verdad, sin etiquetas ni juicios.

Los cargos y los despachos se quedan en el colegio, pero las personas nos las llevamos grabadas a fuego en el alma.

Este verano vuelvo a ser simplemente Fran. Un maestro en camino que regresó a su aula de educación especial con los ojos abiertos y el corazón limpio. Un padre que quiere jugar al lobo con sus hijos en el salón, sin mirar de reojo el reloj, y que quiere dar gracias por la constancia silenciosa de su mujer, que siempre sabe ver en mí mucho más de lo que realmente soy.

Nuestra única y verdadera vocación en esta tierra es dar vida, así, sin condiciones, desde la humildad del que todavía está aprendiendo a vivir.

Toca parar. Disfrutar del paseo y de los días lentos.

Un abrazo inmenso, de los que curan el alma.

Sean felices.

                                        


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