sábado, 27 de junio de 2026

La función de sesión continua

 

“¿Quién dijo que todo está perdido?

Yo vengo a ofrecer mi corazón...”

Mercedes Sosa


Anoche, justo antes de cenar, se montó en el salón de casa un pequeño escenario improvisado con una caja de cartón vieja y dos calcetines desparejados. Mi niño pequeño, ese regalo bendito que nos cayó del cielo para revolucionarnos la vida con su cromosoma de más, se empeñó en que teníamos que hacer una obra de teatro. Pero las manos, a veces, no responden al ritmo de la ilusión, y el muñeco de trapo se le caía una y otra vez de los dedos antes de poder empezar a hablar...

Y ahí estaba yo, con el cansancio acumulado de toda la semana pesándome en los hombros, sintiendo la tentación impaciente de meter mi mano, colocar el calcetín y resolver el problema en un segundo para poder irnos a la mesa.

Pero me detuve.

Le miré los ojos, concentrados, serios, llenos de una verdad que a los adultos se nos escapa entre las prisas del reloj. Y me senté a su lado, en el suelo, simplemente a estar. A sostener la caja cuando se tambaleaba. A esperar.

¿Y entonces qué?

Pues resulta que el milagro no estaba en que el muñeco hablara bien o se mantuviera en pie a la primera. El milagro era el silencio compartido, el andamio invisible de mi mano rozando la suya, el hilo de confianza que se tejía mientras él lo intentaba de nuevo.

Acompañar no es hacer por ellos, es tener la santa paciencia de sentarse con él a esperar a que su tiempo coincida con el nuestro.

A veces, como maestros de educación especial y como padres, nos empeñamos en buscar el estreno brillante, la función perfecta con aplausos y luces de colores. Queremos ver resultados ya, programaciones cumplidas, objetivos alcanzados en un papel. Pero la realidad de nuestros niños con dis-tinta-capacidad está hecha de otra materia. Está hecha de barro, de procesos lentos, de una fragilidad que no entiende de plazos de entrega ni de evaluaciones estandarizadas.

Y es que es ahí, en medio de esa fragilidad, donde el Dios de la Promesa, se hace presente. Él no nos pide un currículum perfecto ni una representación sin fallos. Nos mira con una ternura infinita, sabedora de lo que podemos llegar a ser, mientras moldeamos nuestro propio barro, sosteniéndonos con delicadeza cuando nos caemos del escenario.

Cada niño con necesidades especiales es un espejo que nos devuelve la imagen de un Dios que no tiene prisa, que ama a la persona y su proceso por encima del resultado.

Por eso, la verdadera tarea de educar y de amar se juega en los camerinos de la vida cotidiana. En las bambalinas donde nadie nos mira, donde no hay público que aplauda el esfuerzo de aprender a abrocharse un botón, de pronunciar una palabra nueva o de aguantar la mirada un segundo más.

Este es el teatro que el ojo no ve y en el que estamos empeñados, aunque todavía no salga... porque la función, sin duda, es de sesión continua.

No nos cansemos de estar ahí, al lado de su andamiaje, celebrando la belleza de lo pequeño, el valor infinito de cada persona por el simple hecho de ser y de estar.

Gracias, de corazón, a todos los que habéis bajado a la tierra para sentarse junto a mi hijo y habéis sido testigos de su obra, sosteniendo el escenario y aplaudiendo a rabiar cada ocurrencia para que el espectáculo pudiera continuar… le habéis dado alas para ser el director, guionista y protagonista de su propia historia. Gracias por compartir la vida de mi artista. Ojalá poder compartiendo juntos nuevas funciones con él y con todos los artistas que nos regala la vida.

Un abrazo fuerte, en camino, cámara y acción.


viernes, 26 de junio de 2026

El equipaje ligero

"...y que el tiempo se detenga, 

que hoy no hay prisa por llegar, 

solo ganas de caminar..."

Alejandro Ramírez



Esta mañana, al despertar, busqué por pura inercia en la mesilla de noche el gran manojo de llaves del colegio... ese que pesa tanto en el bolsillo, que abre tantas aulas y que a veces parece que también te cierra un poco el alma. Pero ya no estaba allí. En su lugar, solo encontré un dibujo de un sol a medio colorear por Jesús y mis gafas de lectura.

Ya hace un año, pero este es mi primer verano sin ser jefe de estudios. Ya he terminado. Oficialmente, no tengo "nada que hacer"...

Y, os lo confieso con toda la honestidad del mundo, me ha entrado una especie de vértigo extraño en el estómago. Llevaba tantos años corriendo de un pasillo a otro, apagando fuegos invisibles, cuadrando horarios imposibles y respondiendo a esas frías "necesidades del centro", que ahora este silencio repentino me pesa un poco en los hombros... 

¿Y entonces qué? ¿Qué hace un maestro cuando le quitan las prisas y le devuelven su propio tiempo?

Supongo que toca desaprender el ruido.

El verdadero regalo no es tener el control de las cosas, sino la libertad de dejarse sostener por la vida.


Durante mucho tiempo, quizás sin darme cuenta, me creí que ser útil consistía en estar en medio de la tormenta, gestionando papeles, firmando partes, resolviendo conflictos. Pero hoy, mirando este café que se enfría despacio sin que nadie me reclame, descubro que el verdadero tesoro se esconde en lo pequeño. En esa hermosa fragilidad del que ya no tiene un cargo que sostener en su tarjeta de visita, sino solo su propio ser que ofrecer al mundo.

Y es que a veces nos olvidamos de lo esencial...

Nos creemos que la educación se gestiona desde los despachos, con planes de centro impecables y reuniones eternas. Pero la realidad es mucho más sencilla y, a la vez, mucho más sagrada. Al final del camino, estoy seguro de que no nos van a pedir cuentas del número de actas que redactamos o de las circulares que enviamos a las familias.

Él, que nos conoce desde antes de nacer y nos sostiene en sus manos amorosas, nos preguntará otra cosa. Nos preguntará cuánto amor pusimos en cada encuentro, cuánta ternura derramamos sobre esos niños que a veces solo necesitaban que alguien los mirara de verdad, sin etiquetas ni juicios.

Los cargos y los despachos se quedan en el colegio, pero las personas nos las llevamos grabadas a fuego en el alma.

Este verano vuelvo a ser simplemente Fran. Un maestro en camino que regresó a su aula de educación especial con los ojos abiertos y el corazón limpio. Un padre que quiere jugar al lobo con sus hijos en el salón, sin mirar de reojo el reloj, y que quiere dar gracias por la constancia silenciosa de su mujer, que siempre sabe ver en mí mucho más de lo que realmente soy.

Nuestra única y verdadera vocación en esta tierra es dar vida, así, sin condiciones, desde la humildad del que todavía está aprendiendo a vivir.

Toca parar. Disfrutar del paseo y de los días lentos.

Un abrazo inmenso, de los que curan el alma.

Sean felices.

                                        


miércoles, 24 de junio de 2026

Los equilibristas

“Pues paso la vida soñando,

sabiendo que todo se puede…”

Los Astlántidos


Hoy, al terminar la tarde, me he quedado un rato observando a un niño que salía de su colegio. Intentaba caminar haciendo equilibrio sobre el estrecho bordillo de la acera, con la mochila tambaleándose a su espalda y ese boletín de notas arrugado en la mano... Me dolió el alma al verle la carita de cansancio, esa mirada desinflada que busca una aprobación que hoy el papel le niega.

Y, de repente, me ha venido a la mente la letra de Los Aslándticos que tantas veces canto cuando yo mismo me siento desbordado: «soy como un equilibrista haciendo lo imposible para no caer... andando por la cuerda floja sin mirar atrás».

¿Y entonces qué hacemos?

A veces siento que nuestra escuela se ha convertido en un circo de exigencias donde pedimos saltos mortales sin poner una red debajo. Hablo como un maestro que todavía está en camino, alguien que se equivoca a diario y que no tiene todas las respuestas. No sé si me explico... pero me duele profundamente ver cómo medimos las capacidades de nuestros niños con una regla que solo sirve para uniformar, nunca para amar.

Y es que cercenamos la autoestima de nuestros niños cuando pretendemos que todos caminen por la misma cuerda a la misma velocidad.

Nos empeñamos en clasificar, en etiquetar, en nivelar... como si el alma de una persona pudiera encajonarse en un estándar frío. Decimos que un chaval «no da el nivel», con una naturalidad que a mí, de verdad, me asusta. Pero, ¿quién decide dónde está el nivel del corazón? ¿Y las pequeñas batallas invisibles de cada día?

Ese pequeño logro de Hugo, que hoy por fin ha conseguido mantener la calma durante una clase entera, o que ayer ayudó a su compañero a recoger los lápices... ¿eso no puntúa? ¿Eso no sirve para pasar de curso?

Ningún progreso es insignificante cuando lo que está en juego es el valor que un niño se da a sí mismo.

Para mí, cada uno de ellos es un trozo de barro precioso, modelado con mimo pero lleno de grietas por donde precisamente entra la luz. Es ahí donde ocurre el verdadero encuentro, en la fragilidad compartida, lejos de los tecnicismos y las rúbricas perfectas. No somos expertos infalibles; somos, sencillamente, artesanos de la ternura y la vocación. Si queremos.

Porque estoy convencido de que las personas no se pueden nivelar, porque la vida no es un examen que se aprueba, sino un camino donde aprender a hacerse persona.

Aquí es donde siento el susurro del Dios de la Vida, de ese Papá Dios que nos mira con una inmensa compasión. Él no nos pide cuentas de resultados académicos, sino de amor, de esfuerzo y de entrega. Nos quiere con nuestras torpezas, con nuestros suspensos cotidianos. Él no nivela desde arriba; Él se abaja, abraza nuestro barro y lo llena de esperanza. Para Él el tiempo es infinito y es ahora, a la vez.

Ojalá aprendamos a mirar más allá de la tinta roja de una calificación. Ojalá entendamos de una vez que detrás de cada suspenso no hay un número frío, hay una historia sagrada que grita por ser escuchada con ternura. Y que el suspenso me delata a mí, que no conseguí mostrale el camino, engancharlo, darle la confianza para avanzar… o, en algunos casos, valorar lo que sí había logrado porque me pudo la evidencia del error en lugar de la certeza de que algo aprendió tras el fallo.

Gracias a los profes y las profes, a las seños y los seños, a las maestras y maestros que no se dejan engañar por la “¿evidencia?” y transforman el error en aprendizaje, el aprendizaje en motor de transformación, porque son equilibristas que llevan a cuestas a sus alumnos para llegar al otro lado sin dejarlos caer. 

¡Un abrazo fuerte y que la paz os acompañe siempre!