Antonio Machado
Hace poco, en una reunión de esas en las que todos llegamos con prisa y la carpeta bajo el brazo, alguien planteó una duda. Una duda pequeña, de las que se resuelven en un minuto si hay ganas.
Y entonces pasó lo de siempre. Antes de que la pregunta terminara de caer sobre la mesa, ya había tres respuestas rotundas. Ninguna decía «yo lo veo así». Todas decían «es así».
Me quedé callado. Y es que a veces uno aprende más escuchando cómo suena la certeza ajena que defendiendo la propia.
¿Y entonces qué?
Pues resulta que a muchos nos han enseñado que saber es ganar. Que el que sabe más manda, que el que duda pierde, que admitir «no lo sé» es dejar un hueco por donde se cuela la vergüenza. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a guardar lo que sabemos como se guarda un tesoro: no para repartirlo, sino para que se note que lo tenemos.
Pero el saber no es una medalla. Es pan, y el pan, si no se parte, se endurece.
Yo, que sigo siendo un maestro en camino, me he equivocado muchas veces por defender una idea solo porque era mía. Y las mejores cosas que he aprendido me las han dado, casi siempre, quienes no tenían ningún interés en demostrarme nada: una compañera que me preguntó «¿y si probamos otra cosa?», un niño que me enseñó, sin proponérselo, que mi manera de explicar no era la única posible.
La verdad no es de nadie. Se parece más a un camino que a una propiedad, y los caminos se hacen mejor en compañía.
Quizás ahí está la humildad de la que tanto hablamos: no en pensar que valemos poco, sino en aceptar que solos nunca vemos entero. Que cada uno sostiene un trozo del mapa, y que mi trozo, por muy bien dibujado que esté, no sirve de nada si no lo pongo junto al tuyo.
Así que hoy me quedo con una invitación, la de Machado: guárdate tu verdad si quieres, pero ven conmigo a buscar la Verdad. Sin prisa, sin medallas, con las manos abiertas.
Un abrazo grande, de los que se comparten.
Sean felices.